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Cítricos

19 de febrero de 2021

Los Fukuda y la Satsuma: una historia de amor

Los Fukuda y la Satsuma: una historia de amor

El cultivo de las mandarinas satsumas en el Perú inevitablemente está ligado a los hermanos César Katsuo y Carlos Sosaku Fukuda, quienes se juntaron en el país en los años treinta del siglo pasado tras haber dejado su Japón natal. En 1953, Carlos viaja a Japón y al volver trae consigo las primeras yemas de mandarinas satsumas que se instalaron en Perú. Tras adaptar su cultivo a las condiciones locales, su producción y comercialización fue un éxito en el mercado local. En 1982 inician la exportación y, tras conquistar más de cincuenta mercados con sus frutas, en 2021 cumplirán, finalmente, el deseo de llegar con ellas hasta Japón. Hoy, con la tercera generación al frente del negocio, han diversificado sus cultivos y agregado valor a su cadena productiva, con la finalidad de solidificar su posición en el mercado.

Gabriel Gargurevich Pazos

Para conocer la historia de la industria de las mandarinas en Perú y, en particular, de la  familia Fukuda, se debe viajar hasta Japón y arribar hasta las faldas del icónico Monte Fuji, donde durante siglos se han cultivado estas frutas, que han sido consideradas patrimonio de la prefectura de Shizuoka. Precisamente esa fue la tierra natal de César Katsuo Fukuda, quien impulsado por los problemas económicos que aquejaban al país a fines de los años veinte del siglo pasado, abandonó sus estudios universitarios de agronomía y en 1929 migró al Perú, donde, al cabo de un tiempo, consiguió trabajo como capataz en una hacienda en Santa Rosa de Quives.

No fue el único de su familia que emigraría hasta el Perú. También hizo lo mismo su hermano Carlos Sosaku, ya graduado como ingeniero agrónomo. Junto a César Katsuo decidieron comprar en 1937 unas tierras en la zona de Esperanza Baja, Huaral, donde instalaron sandías, naranjas y otros cultivos de panllevar. En 1953, Carlos emprende un viaje hacia Japón y al regresar trajo consigo las primeras yemas de mandarinas satsuma (Citrus unshiu) que serían sembradas en suelo peruano.

“Mi padre y mi tío apostaron por ese cítrico porque vieron que era una mandarina sin pepa, fácil de pelar y fácil de comer. Además, un kilogramo de satsumas representa entre 8 y 9 unidades. En cambio, la naranja Washington Navel equivale a 3 unidades. En esa época, una familia estaba integrada por 7 u 8 personas, así que tenían que cortar las frutas para repartirlas y se ensuciaban. Como la satsuma era igual de dulce y un kilo se podía distribuir entre todos los miembros a razón de una mandarina por cabeza, decidieron que iba a ser un ‘boom’ en el Perú”, señala César Fukuda Fukuda, hijo y sobrino de los pioneros.

 

Citricultura en Perú: un lento aprendizaje

César Fukuda Yoshikay considera que la citricultura es un negocio que requiere paciencia. “En el caso de la mandarina, por ejemplo, demoras ocho años en comenzar a ver el retorno de tu inversión. Además, es un sector en el que cada año se aprenden cosas nuevas porque cada año es diferente, ya que depende de muchos factores: el clima, para empezar… puede que haya Fenómeno del Niño o sea un año atípico”. Por otro lado, está el factor social: las huelgas de este año fueron completamente inesperadas. “De haber sabido esto de antemano, hubiéramos esperado para hacer la inversión de la ampliación de la planta empacadora. Será un reto superar todo este bache que va a pasar, pero felizmente la demanda internacional se mantiene estable y confiamos en que con muchísimo trabajo lograremos los resultados esperados”, proyecta el empresario con entusiasmo.

Él tiene hoy 71 años, y es el presidente del grupo económico que se formó a partir de esos primeros sembríos. “Al principio se sembraron 50 plantas, que luego se propagaron a través de injertos. Lograr que la planta se adaptara al clima del Perú y sea productiva, demoró entre cinco y seis años; tuvimos que superar los problemas de humedad, salinidad, enfermedades y plagas”, recuerda. “Ya en producción tanto fue el ‘boom’ de la satsuma, que había colas de mayoristas, teníamos que repartir a todos; había amigos que querían sembrar, pero luego no sabían cómo tratarlas. Ahí fue clave la información respecto al abono, poda y riego, que mi padre ya conocía cuando vivía en Japón; pero tuvo que adaptar algunas labores ya que originariamente en Japón el cultivo suele llegar a temperaturas extremas; aquí en Perú había que realizar otros tipos de estrés para poder conseguir una buena floración y cuaje”, añade.

Tal como habían previsto César Katsuo y Carlos Sosaku, la satsuma fue un éxito rotundo en el mercado peruano, lo cual les permitió extender sus terrenos hasta las 280 hectáreas, que compraron con mucho esfuerzo. “Pero fueron afectadas por la Reforma Agraria. Finalmente, se quedaron con 88 hectáreas nomás. Mi padre, César Katsuo, falleció por las preocupaciones a los 65 años. Yo retomé lo de mi padre, y trabajamos separados de mi tío, cada uno con 44 hectáreas. Yo tenía solamente 25 años”, recuerda César, quien estudió Agronomía en la Pontificia Universidad Católica del Perú y posteriormente siguió cursos de especialización en cítricos en Kagoshima, Japón.

Gracias a su enorme capacidad de trabajo de don César, a la capacitación del capital humano de la zona e inversión en tecnología, la empresa continuó creciendo. Los Fukuda no solo trajeron al país la mandarina satsuma, sino que en 1975 ingresaron al Perú la primera máquina japonesa para procesar cítricos, de marca Nakamura Sentaki. “Pero siempre hemos tenido en la mira la apuesta por la tecnología y modernidad, y hemos seguido importando. Por ejemplo, desde el año 2013, contamos con la primera máquina de marca Maf Roda; y este 2021 tendremos el nuevo modelo de esta”, añade.

ADAPTAR A LAS CONDICIONES LOCALES . “Lograr que la planta se adaptara al clima del Perú y sea productiva, demoró entre cinco y seis años”, recuerda César Fukuda Fukuda.

DEL PERÚ PARA EL MUNDO

Tras el éxito en el mercado doméstico, el siguiente paso sería la exportación. Así fue como realizaron el primer envío a Canadá, en 1982. “Decidí exportar porque la satsuma se propagó tanto que llegó a venderse a 50 centavos el kilo en el Perú, y en exportación me pagaban 2 dólares el kilo. Al principio perdí plata porque el flete por avión me costaba 1,70 dólares el kilo”, narra don César.

Entonces se asoció con Luis Alayza y Fernando Wong, con la finalidad de exportar por barco. “El primer viaje fue de 5 contenedores, pero llegó con la mitad de la fruta malograda a Canadá. Dos días en avión versus 40 días por barco era mucha diferencia. Comenzamos con Canadá porque, a diferencia de Estados Unidos, no tenía restricciones comerciales con la fruta. Pero Canadá aceptaba solo 25 contenedores al año. Junto con los socios, iniciamos los trámites para abrir el mercado Norteamericano”, cuenta César.

Según él, la principal ventaja de la satsuma peruana es la ventana de producción. “Siendo cultivada en el hemisferio sur, llega a cubrir un faltante de producción en el hemisferio norte. Es una fruta muy consumida en Reino Unido, Canadá y en el mercado europeo en general”, apunta.

Pero el objetivo siempre fue volver a la semilla: exportar a Japón la fruta que hacía décadas había venido desde allá para cultivarse en Huaral. Esto se consiguió recién el año pasado, luego de una fuerte labor diplomática con la embajada japonesa en el Perú, ya que los japoneses consideran a la satsuma patrimonio nacional, con consumidores que son muy recelosos de consumir estos cítricos cultivados en otros países.  Además, los cítricos de los Fukuda hoy tienen como destino una cincuentena de mercados en América, Europa y Asia. “Este va a ser el año en que vamos a entrar con fuerza a Japón”, proyecta don César.

El camino al éxito no estuvo exento de dificultades. En 1991, don César fue secuestrado por el MRTA y estuvo veinte días en cautiverio y solo fue liberado fruto de una intensa negociación. Hace diez años sufrió problemas de salud relacionados con el riñón, y hace cuatro tuvo la oportunidad de encontrar un donante y recibir un trasplante. “Todo esto ha unido mucho a la familia”, confiesa, “a pesar de los gajes propios de toda empresa familiar”, prosigue.  Aunque don César se mantiene como presidente del grupo económico familiar, ya desde el año 2,000 su hijo, César David Fukuda Yoshikay (Masaru), egresado de la Universidad Nacional Agraria con especialización citricola en Shizuoka – Japón, se desempeña como gerente general, lo cual representa la tercera generación a cargo del negocio.

PRODUCCIÓN. En cuanto a la producción, el 50% se va a la exportación y el otro 50% se queda en el mercado local.

INNOVACIÓN Y DIVERSIFICACIÓN: CLAVES DEL ÉXITO

César Fukuda Yoshikay explica que gracias a un trabajo de selección desarrollado con suma delicadeza a lo largo de los años, ellos cosechan dos tipos de satsumas actualmente: “Tenemos la tempranera, que comienza en marzo y termina a fines de abril; y la tardía, que va de fines de abril hasta quincena de junio. Ahora estamos enfocados en conseguir una variedad aún más temprana. Para ello es que hemos seleccionado aquellas que son más tempraneras y las vamos separando para lograr una nueva variedad. Es un proceso que demora años”.

En la actualidad, los terrenos de los Fukuda suman 100 hectáreas, de las cuales 60% están plantadas con satsuma y el otro 40% con variedades como W. Murcott y Río de Oro. Y lo han hecho así para asegurar un flujo de caja. “Producimos mandarina tempranera desde marzo hasta abril, luego viene la tardía hasta junio, tras ella la W. Murcott que cosechamos hasta agosto, y finalmente la Río de Oro hasta setiembre. La oferta laboral que le damos al personal es más amplia, y eso nos da facilidad de contratación y caja. Financieramente, también nos beneficia. El 50% se va a la exportación y el otro 50% se queda en el mercado local”, expone Fukuda Yoshikay y comenta que desde 2005, W. Murcott es la variedad ‘boom’, porque su rendimiento y productividad son mayores. También menciona a Tango. “Hoy en día, todo citricultor quiere sembrar estas variedades porque tienen más rentabilidad”, señala. “El precio FOB promedio de una satsuma es de US$1 por kilo, mientras que el que consigue una  W. Murcott es de US$1.40 por kilo, como promedio. Un valor similar consigue la Río de Oro, que tiene un mercado importante en Estados Unidos”, explica. Y su padre complementa: “Nos hemos ido adaptando a las exigencias del mercado mundial de cítricos, que en un principio quería mandarinas sin pepas, y ahora ya no quieren cáscara amarilla, sino roja”.

La empresa encargada de la producción en los fundos es Kenma, fundada en 1993. Veinte años después, en 2013, los hermanos Fukuda crearon Agrileza, firma a través de la cual brindan el servicio de empaque a su propio producto (y a diversos exportadores), añadiendo valor a su cadena productiva.

“Solo el 5% de lo que empaca Agrileza proviene de Kenma; el 80% proviene de productores del Consorcio de Productores de Frutas (CPF). Este 2021 hemos incrementado nuestra capacidad en un 85% porque hemos visto una demanda insatisfecha de pequeños productores que desean participar en la exportación, por esta razón hemos ampliado la nave y adquirido una nueva máquina empacadora de cítricos y paltas”, detalla Fukuda Yoshikay. Esta compra les permitirá funcionar los 365 días del año, añadiendo a la temporalidad de los cítricos las ventanas de producción de la palta y el arándano. “Nuestra meta es que los agricultores del valle saquen buena fruta, puedan exportar y tener un mejor retorno. Les damos asesoría, les damos el mejor servicio y están muy contentos”, sostiene.

Asimismo, crearon Akllay Perú, que se encarga de la comercialización de las frutas, y Yume Fruit, que produce arándanos. Don César se enorgullece de que todos sus hijos trabajen juntos, pero no revueltos. “César es el gerente general; Ken, es administrador; Aldo, ingeniero agroindustrial; y Naomi, psicóloga empresarial. Cada uno tiene una gerencia, y nos reunimos todas las semanas”, cuenta la cabeza de la familia. “Yo les digo a mis hijos: a mí me dejaron 44 hectáreas, y yo les estoy dejando 100 hectáreas a ustedes, o sea el doble, más la empacadora de mandarinas, la parte comercial y ahora el arándano con su respectiva empacadora, donde estamos pagando el derecho de piso de aprender un cultivo nuevo. Hemos creado cuatro empresas. Así que les he dicho: ‘hay que respetar el apellido Fukuda. Respeten el apellido del abuelo, y lo que yo he dejado duplíquenlo o triplíquenlo, por favor. Cumplan todos los reglamentos y saldrán adelante’”, continúa.

PIONERO. A César Katsuo Fukuda le hicieron un reconocimiento en Japón por haber traído la Satsuma al Perú.

2020: CRECIMINETO, A PESAR DE TODO

El sector citrícola no ha sido inmune al golpe económico asestado por la pandemia de la Covid 19 a todos los sectores productivos del país. César Fukuda Yoshikay informa que los costes se han elevado debido a los protocolos de seguridad implementados rigurosamente en los campos y las plantas empacadoras. “Sin embargo, a pesar de todo, gracias a Dios, hemos estado activos: hemos seguido exportando, empacando, produciendo. Hemos tenido ingresos y hubo crecimiento”.

El 2021 estaba programado como un año clave para la corporación Fukuda, pues habían hecho una inversión importante en la nueva planta empacadora, cuando las protestas sociales irrumpieron en el horizonte. “No lo vimos venir, de ninguna manera. Pero las máquinas ya estaban compradas y en camino hacia Perú, así que confiamos en que la perspectiva será igualmente favorable”, pronostica. “Lo bueno es que en el negocio del empaque el retorno es más rápido. En agricultura tendríamos que esperar ocho años para ver el retorno. Por otro lado, los clientes tienen bastante confianza en el servicio que les damos. Ampliar nuestra capacidad nos permitirá dar más oportunidades laborales a la gente de la zona, además”, comenta César Fukuda Fukuda.

Su hijo coincide en que la mejor inversión que ha realizado el Grupo Kenma ha sido en sus colaboradores de Huaral. “La fortaleza del grupo es su capital humano, más allá del terreno o la tecnología que podamos adquirir”, añade. “Están muy bien formados, capacitados e identificados con el grupo. Somos una familia. Nos preocupamos por sus problemas, incluso familiares. Esa gente está identificada con nosotros, y están con nosotros en las buenas y en las malas”.

Ser una empresa familiar les ha permitido realizar un control personal y exhaustivo en cada una de las fases del proceso productivo, desde el cultivo del vivero, la siembra, tratamientos en todas sus etapas, la recolección, selección y conservación del mejor producto, hasta su total comercialización. “Combinamos tradición y experiencia con innovación y desarrollo en nuestros cultivos, comercialización y servicio de proceso, siempre con el claro compromiso del cuidado del medio ambiente, adoptando aquellas innovaciones tecnológicas, que nos permitían realizar nuestra actividad con el máximo respeto hacia este. Para ello realizamos las buenas prácticas agrícolas, buenas prácticas de manufactura, uso de racional de productos químicos y buena utilización del recurso hídrico mediante la optimización del agua”, explica.

Padre e hijo coinciden en que el gran reto del 2021 será superar la convulsión social generada por las protestas y sus efectos adversos en la cadena productiva. “El problema es que la buena imagen ganada en años se derrumbe por incumplimiento de envíos. Ellos comprarán de otro país y ese costo lo asumimos nosotros porque no hemos cumplido el contrato”, lamenta César. “El sector citrícola se ve bastante positivo por la demanda internacional del producto. Pero no sabemos qué va a pasar políticamente. ¿Podremos cumplir los pedidos? ¿Podremos tener rentabilidad? ¿Podremos cumplir con nuestras obligaciones financieras? Haremos todo lo que esté en nuestras manos para que así sea”, indica Fukuda Yoshikay.

En todo caso, las plantas de satsuma que sus ancestros trajeron de Japón hace casi setenta años continúan produciendo, año tras año. Ellas han superado crisis climatológicas, reformas agrarias, entre otras adversidades, como un símbolo del empuje del clan Fukuda.

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