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Mayo 2017 | Tomate

Ganan terreno entre los productores de tomates

Plantas injertadas, plantas más resistentes

¿Plantas vigorosas? ¿Plantas resistentes? ¿Plantas fuertes? Desde hace unas décadas que se vienen extendiendo el uso de portainjertos en cultivos hortícolas, principalmente en el tomate bajo invernadero. Pero injertar por injertar no tiene sentido si no hay un objetivo claro, afirma el investigador de la Universidad de Almería, Francisco Camacho. Además, advierte que se debe escoger el portainjerto adecuado para solucionar un determinado problema y sugiere una transformación de las labores culturales dentro del huerto.

Por Rodrigo Pizarro Yáñez

Almería salió de la profunda depresión económica y cambió la pobreza por la riqueza gracias a un sistema de horticultura intensiva que tenía (y tiene) al tomate como su principal cultivo. Un modelo que no ha cesado de hacer profundas transformaciones, entre las que se incluyen una modernización de los invernaderos, una fulminante introducción de los abejorros para la polinización, un drástico cambio hacia el control biológico y una efectiva masificación de las plantas injertadas. Hoy esta última técnica está generalizada y cada año se producen 40 millones de plantas injertadas, que se emplean en unas 5.000 ha de tomate. La cifra se eleva a 65 millones si se contabilizan las plantas injertadas de sandía y melón.

Comúnmente se piensa en los portainjertos como algo novedoso, pero lo cierto es que era una práctica común entre los egipcios que cultivaban frutales hace más de 4.000 años, un uso que continúa hasta nuestros días. Mucho más desconocidos en el sector hortícola, los primeros datos que se tienen datan de 1917, cuando en la Universidad de Nara, en Japón, se trabajó con cucurbitáceas, específicamente con sandías.

Todo el trabajo que se ha hecho en tomate es mimético a aquel que se realizó en sandía. Si lo ponemos en palabras modernas, fue un ‘copiar y pegar’, de lo que se hizo con Cucurbita maxima x Cucurbita moschata. Sin embargo, no fue hasta la década del cincuenta del siglo pasado cuando ya se comienza a hablar de los portainjertos en cultivos hortícolas como una técnica eficaz y que cada día se usan más a nivel global.

Otro de los objetivos es tener plantas resistentes a las enfermedades de suelo, y también para elevar la calidad de aquellos cultivares que son poco productivos.

¿POR QUÉ SE INJERTAN LAS HORTALIZAS?

“Injertar por injertar, si el agricultor no se ha marcado un objetivo productivo o comercial, no tiene sentido”, afirma Francisco Camacho, investigador de la Universidad de Almería, que se ha dedicado más de 30 años al estudio de portainjertos en cultivos hortícolas. Una de las principales finalidades de los portainjertos es permitir la cosecha de aquellas plantas que son sensibles a determinados problemas de suelo, fundamentalmente hongos.

“Esa planta sensible se puede colocar sobre un suelo que está infectado por el patógeno, porque ponemos en contacto con el suelo a una planta que sí tiene resistencia a ese patógeno”, explica el especialista. De este modo, se pasa un tipo de manejo totalmente diferente, porque antes sólo se manejaba una planta y a partir de ahora son dos. Eso es algo que tienen muy internalizado los productores de cualquier frutal, ya que comúnmente hablan de una variedad sobre un determinado portainjerto. Sin embargo, esa diferenciación no ocurre en las hortalizas, “aunque tarde o temprano se hará”, pronostica Camacho.

Pero, ¿qué sucede con esta interacción? Que los frutos que se obtienen en la parte aérea presentan una serie de cambios que cuando se trabaja con una planta sin injertar. “Esos cambios hay que realizarlos en el manejo de esa planta injertada para que los frutos que vendemos tengan las características que tenía en la planta antes de que fuese injertada, porque eso es lo que demanda el mercado. En caso contrario, no tendría sentido injertar”, explica el experto español. Por lo tanto, lo que se verá al injertar serán una serie de modificaciones en la cosecha, por ello es que se deberá intervenir sobre la planta para que esas modificaciones sean mínimas.

Otro de los objetivos es tener plantas resistentes a las enfermedades de suelo, y también para elevar la calidad de aquellos cultivares que son poco productivos. El mejor ejemplo de esto último es el tomate Raf que se produce en Almería, por el cual a cada agricultor se le pagan hasta 5 euros/kg. Se trata de un tomate de gran sabor, pero es poco productivo y lo que se hace comúnmente en Almería es injertarlo para elevar la producción.

Los principales problemas a los que deben hacer frente los productores de tomate de diferentes zonas del mundo son la verticilosis, los nematodos y la fusariosis del tomate. Esta última, sin duda, es la más importante, en cualquiera de sus dos formas: Fusarium oxysporum f. sp. lycopersici y Fusarium oxysporum f. sp. radicis lycopersici. Sin embargo, cada una de esas formas especializadas de Fusarium está dividida en razas y no todos los portainjertos son resistentes a esas razas.

EL MATERIAL VEGETAL DISPONIBLE

La literatura habla de muchos tipos de injertos, pero todo se resume a tres técnicas: La primera se conoce como ‘injerto de aproximación’ y se basa en la preminencia de los dos sistemas radiculares a la vez que se produce el proceso de soldadura del injerto y fundamentalmente se usan en cucurbitáceas. La segunda se basa en una técnica que elimina un sistema radicular previo al proceso de soldadura. “De este modo, se deja el portainjerto y se pone encima la variedad ya sin raíces y a partir de las heridas en contacto se produce el prendimiento”, precisa Camacho. Y la tercera es sin raíces. Es decir, se corta la raíz de la variedad y la del portainjerto y a medida que se produce el proceso de soldadura se emite por esa estaca herbácea que deja un nuevo sistema radicular.

De un modo lógico, a medida que se tienen más raíces la planta podrá sobrevivir más a esas condiciones. En tomate se realiza un injerto de empalme donde lo que se busca es aproximar los cortes a 45º para que la superficie que se ponga en contacto sea la mayor posible.

ADECUACIÓN DE LABORES CULTURALES AL INJERTO

“El éxito de una planta injertada pasa por dos situaciones: por obtener una planta de calidad y por realizar unas labores culturales acorde al nuevo sistema productivo”, recomienda el investigador. Entre los cambios culturales que se deben realizar destacan:

Injerto por encima del suelo: Cuando se trabaja con planta franca, la preocupación de que el cuello quede un poco más alto o más bajo del suelo no es algo fundamental, pero sí lo es en una planta injertada. “El punto del injerto debe quedar 2 o 3 cm sobre el suelo. De lo contrario, a la variedad le salen raíces, lo que conocemos como franqueo, y a través de esas raíces se puede colar el patógeno del cual queríamos hacer una prevención. Como recomendación, los agricultores deberían solicitar al semillero a qué altura desean la planta”, subraya Camacho.

Densidades de la plantación: Con planta injertada se trabaja al 50% de la densidad, es decir, si con planta franca se usan 16.000 plantas/ha, con planta injertada sólo se utilizan 8.000 plantas/ha.

Poda: Como se ha cambiado el número de brotes, se ha cambiado el sistema de podas, pasando de podas de un brazo a podas de dos brazos e incluso podas especiales. “En vez de trabajar con un solo brazo, lo hacemos con dos, pero el número de guías y brotes es el mismo. Así, se obtiene la suficiente biomasa radicular para ser capaz de producir el desarrollo que se necesita en la planta y la producción”, explica el especialista. “Cuando hablamos de poda debemos saber cómo funciona morfológicamente la planta, es decir, debemos saber dónde da el primer brote la planta. He visto que entre el quinto y sexto brote y entre el primer y segundo nudo sale el primer ramillete. A partir de allí, si el ciclo es indeterminado, cada tres hojas, dará un brote, contadas desde la inserción del brote principal”, sostiene.

Nutrición: Hay que cambiarla porque morfológicamente el sistema productivo es otro. “Cada vez se habla menos de fertirrigación y más de nutrición. Y para nutrirse necesitan que haya un vehículo líquido que es el agua. Debemos conocer todos los parámetros del agua para restárselos a los fertilizantes. Cada vez se trabaja más el concepto de absorción de nutrientes y de equilibrios nutricionales en suelo. El cambio en esta labor incluye un concepto nuevo para los productores: balances de materia en el suelo”, afirma.

DIFERENTES TAMAÑOS. La foto muestra una ‘big plant’ de tres ejes. Foto gentileza de Rafael Elizondo.

SU USO SEGUIRÁ CRECIENDO

Toda nueva tecnología, si cumple su cometido, tiene un sobre precio. Y de ese no escapan las plantas injertadas. Mientras una planta sin injertar tiene un coste de S/. 0.80 tanto en Almería como en México, una planta injertada cuesta S/. 2.06 en Almería y S/. 1.45 pesos en México. El precio sube cuando se habla de una ‘big plant’, que se venden por S/. 4.15. Se trata de plantas mucho más desarrolladas que entran antes en floración y con eso se rompe la pérdida de precocidad. Tanto en México, Almería y otros países está aumentando su uso.

Esa diferencia de coste entre Almería y México se da fundamentalmente porque la mano de obra y el coste de la calefacción son más caros en Europa. “El precio no debe asustar a los productores. Las plantas injertadas no son más caras o más baratas, son rentables”, afirma Camacho.

El futuro es claro. El uso de plantas injertadas seguirá creciendo, pero ¿a qué precio? “Las casas de semillas terminarán regalando los portainjertos a cambio de que el agricultor compre sus variedades. En ningún momento estoy diciendo que las variedades vayan a subir de precio, pero si sólo se compra la variedad, los agricultores pagarán como si le regalaran el portainjerto. Eso lo veo sólo por observación y de comprobar que muchos portainjeros son bastante similares entre sí, porque para vender un portainjerto vigoroso muchos vendedores dicen que su portainjerto es del tipo Maxifort”, explica Camacho. Eso además quiere decir que aún los portainjertos están siendo catalogados en cuanto al vigor en aquellos países donde su uso es más reciente, pero según el especialista español, se debería hablar más de los problemas que solucionan.