No sólo son vitales para el ecosistema, sino que son un factor a considerar a la hora de hablar de la calidad de las aguas.
 Los investigadores chilenos aseguran que su preservación se puede compatibilizar con el regadío, y que una buena gestión no sólo ayudaría a conservar especies únicas en el mundo, sino también a obtener agua más pura para el riego.
Viven en el más absoluto silencio. No son coloridos ni económicamente interesantes. Pero son únicos. Y la mayoría se encuentra en peligro de extinción. En Chile, los peces de agua dulce son escasos: hay 44 especies nativas, cifra bastante pequeña si se compara con el Amazonas, donde se registran más de tres mil. La razón radica precisamente en las características hidrológicas del país. “Por nuestra situación geográfica nuestros ríos son cortos. Nacen en la vertiente occidental de Los Andes, tienen pendiente y no están conectados entre ellos, salvo a partir de la zona de los grandes lagos”, explica la limnóloga Irma Vila, quien se ha convertido en un referente indiscutido al estudiar por más de 40 años los ríos, lagos, lagunas, marismas y bofedales nacionales. Las características hidrológicas y geográficas de Chile no sólo han influido en la baja cantidad de especies. También en sus características. “La mayoría de las veces son especies endémicas sólo de Chile, que habitan una cuenca en particular, lo que les da un valor intrínseco muy grande. Además son basales (dan origen) a grupos de especies, por ejemplo, está el Diplomystes (más conocido como Tollo) que se cree que es basal a todos los peces gatos, entonces es un fósil viviente”, especifica Rodrigo Pardo, investigador del departamento de Ciencias Ecológicas de la Universidad de Chile.
El aislamiento geográfico del país (desierto de Atacama en el norte, Cordillera de Los Andes al este y Océano Pacífico al oeste), son los otros elementos que hacen que la fauna íctica chilena sea única en el mundo.
 La limnóloga Irma Vila lleva estudiando por mas de 40 años la vida acuática en los ríos chilenos. La situación de los peces chilenos hoy es crítica. La introducción de especies foráneas, como el salmón y la trucha, ha debilitado a las chilenas hasta el punto de que 18 especies se encuentran en peligro de extinción y 12 están vulnerables. La competencia con los peces “extranjeros” se hace muy fuerte porque comparten el mismo alimento (insectos acuáticos, caracoles, etc.)
También influye el impacto que han sufrido los ríos. “El dragado, la fragmentación por la construcción de canales y represas, y la extracción de áridos es uno de los factores que más afecta a las especies acuáticas”, dice la limnóloga Irma Vila. ¿Puede convivir el regadío con la preservación? La respuesta es unánime. “Se pueden compatibilizar las dos cosas, incluso la calidad de agua sería mejor porque en la medida que tienes plantas y fauna, el agua se va limpiando ya que van capturando toda esa materia orgánica. Incluso algunos contaminantes podrían ser absorbidos por la componente biológica”, asegura el investigador Rodrigo Pardo.
 Gonzalo Medina, especialista en ecología de vida silvestre. Los peces pueden ayudar a controlar la proliferación de hierbas acuáticas nocivas e incluso podrían reducir las enfermedades que se transmiten a través del agua, ya que se alimentan de los agentes de éstas, como los caracoles y las larvas de insectos.
“Los peces mantienen la calidad del agua porque ésta implica conservar la biodiversidad de los organismos en ella. Estás ayudando al reciclaje de nutrientes, de alimentos. Es un agua mucho más rica”, afirma Irma Vila.
Los peces son un excelente indicador de la calidad de agua ya que cuando ésta es mala, simplemente se mueren. También lo es el Huillín, o nutria de río, que es considerado como una especie bandera: si no existen en un área, quieren decir que existe una alteración del ecosistema en esa zona (ver recuadro).
 El investigador de la Universidad de Chile, Rodrigo Pardo. Los canales como refugio
Los investigadores han descubierto que muchas veces los mismos canales de regadío sirven como refugio para las especies nativas porque son poco invadidos por las truchas, sus acérrimos competidores. “Hemos encontrado en canales de regadío Nematogenis (Bagre grande), que es una especie de pez gato que puede llegar a medir casi un metro y que antiguamente se vendía en el mercado central, pero que hoy es muy escaso”, cuenta Rodrigo Pardo.
Algunos trabajos, como los realizados por los investigadores Evelyn Habit y Oscar Parra en la cuenca del río Itata (VII Región), han demostrado que los canales de regadío funcionan como hábitat y que han sido exitosamente colonizadas: 12 de las 16 especies de peces presentes en esa cuenca ingresan al menos en una época del año a los canales de riego. Éstos tienen que tener ciertas características para que puedan ser habitados por peces: hay que adaptar las estructuras de irrigación, no pueden estar revestidos por entero de cemento y tienen que tener cierta vegetación en los costados. Y, por su puesto, hay que tomar precauciones adicionales durante las limpias. “Existe todo un desarrollo de manejo sustentable de ríos en países desarrollados que acá no se aplica. Allá se está devolviendo los ríos a su situación natural o se construyen canales laterales sin eliminar la vegetación de las riveras. O construyen nuevos ríos y crean biotopos artificiales que sirven de drenaje y, al mismo tiempo, aumentan la capacidad de carga del sistema”, explica Gonzalo Medina, especialista en Ecología de Vida Silvestre, quien se aboca desde 1987 al estudio del Huillín. La preservación es considerada como el primer eslabón de una gran cadena que terminaría con agua más limpia para el riego.
 Diplomystes, más conocido como el Tollo de agua dulce. El camino hacia una gestión más eficiente del agua es largo. “El nivel de conocimiento de los sistemas acuáticos continentales está poco desarrollado, no se ha valorado suficientemente la importancia que tiene el agua dulce en nuestro país y hay un bajo número de especialistas trabajando en aguas continentales”, dice la limnóloga Irma Vila, quien hoy está abocada a la investigación de las Orestias (Karachi/Corvinilla), en el altiplano chileno. Según la investigadora, la primera tarea para poder conciliar el riego con la preservación es estudiar la distribución de los peces: si se mueven, si migran, cómo los altera la construcción de canales y las represas, y estudiar la posibilidad de darles vías alternativas.
Paso a paso
Chile se divide en dos zonas hidrológicas. La primera se ubica entre la I y la III región y presenta ríos con alta salinidad. Además, los caudales de éstos no desembocan de forma permanente en el mar, a excepción del río Loa. La segunda zona hidrológica está constituida por el resto de las regiones del país. Allí los ríos desembocan en el mar durante todo el año. Cada zona tiene su especie característica. En la zona alto andina están los Karachi o Corvinilla (Orestias), junto con algunos Bagres. Entre Calama y Copiapó se encuentra la zona denominada “sin peces” ya que no hay sistemas acuáticos. Y desde Copiapó hasta la zona de los grandes lagos hay pejerreyes nativos, científicamente conocidos como Basilichthys. En el norte chico se puede encontrar el pejerrey del norte, y el austral se distribuye desde el río Aconcagua hasta Temuco. En el sur, en la zona de Magallanes y Aysén, la fauna es escasa debido a que la zona permaneció cubierta de hielo, miles de años atrás.
 El tollo de agua dulce se encuentra en peligro de extinción. La zona central es la que más especies presenta, y es la más estudiada. Pero también la más afectada por el impacto que han sufrido los ríos. Acá las especies predominantes son los Cauques (Odontesthes), que se diferencian de los pejerreyes por la forma particular de su hocico en forma de tubo. También hay Pochas (Cheirodon), Carmelitas (Percilia), Percas (Percichthys) y se encuentra el Nematogenis inermes, que es el Bagre descrito más antiguo. En la Región Metropolitana aún se conservan algunas especies, pero la fauna íctica es muy escasa. “En tiempos coloniales el río Mapocho debe haber estado lleno de peces, especialmente de Nematogenis, o Bagres grandes. Hay un trabajo del 70 donde se encontraban especies y ya hicimos una revisión y no encontramos nada”, dice el investigador Rodrigo Pardo. En el río Maipo y Aconcagua, a pesar de la contaminación e intervención, se conservan algunas especies de Bagres, sobre todo en ciertos esteros y en canales de regadío. Su paulatina desaparición se condice con el deterioro de la calidad de las aguas. Un solo ejemplo: el río Aconcagua, en sus 177 kilómetros, recibe las descargas de 21 localidades donde viven unos 400 mil habitantes. Y es esta agua la que abastece a más de 100 canales de regadío, que cubren aproximadamente 90 mil hectáreas, la mitad de ellas destinadas al cultivo de hortalizas.
 Las Percillas se distribuyen en la zona central
 Las Orestias o Corvinillas se encuentran en la zona alto andina En los canales que atraviesan Santiago no se han tomado muestras, pero los especialistas aseguran que es muy difícil que existan especies. Los investigadores esperan que nuevas figuras legales, como el caudal ecológico, contribuyan a preservar las pocas especies que quedan, sobre todo en la zona central. Aseguran que Chile aún está en la fase de recopilar información y que hay que dar el siguiente paso hacia el manejo y el estudio, para implementar una gestión en base a evidencias. “Hay buenos ejemplos internacionales, como el caso del lago Tahoe, en EE.UU., California. Estaba totalmente contaminado y, con años de estudio y manejo de sistemas, lograron recuperarlo”, cuenta Pardo. Otro paso fundamental es educar a la población. “Hay mucho desconocimiento porque nuestros peces no son muy llamativos y no tienen un valor comercial asociado. Estamos más pendientes de las truchas o de los salmones que de nuestra propia fauna”, explica Rodrigo Pardo. Hay consenso en que hay especies que pueden ser cultivadas artificialmente en pos de un valor comercial. Como el Toyo de agua dulce (Bagres), cuya carne oscura de sabor parecido al Congrio, es muy cotizada en EE.UU. O las Percas, que tiene una carne suave y blanca, similar a la Corvina. Incluso la investigadora Irma Vila, en uno de sus viajes a Rapel, ideó que los huevos del pejerrey o Basilichthys podían ser usados como símil del caviar, tiñéndolos con colorantes orgánicos, a un precio mucho menor. El proyecto se entregó a la Municipalidad de Limarí, pero se desechó por falta de recursos. Son los intentos para sacar a la luz el pequeño y silencioso mundo de los peces chilenos.
Artículo publicado en Chileriego Edición Nº 27. Add as favourites (13) | Cite este artículo en su sitio
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