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Octubre 2017 | Enfermedades

Estrategias de control

Claves para el control de oídio en uva de mesa

La incidencia del oídio en los campos de uva de mesa está cambiando y se ha comprobado que hoy la presión de esta enfermedad es mucho mayor que hace una década atrás. Por esta razón, para el experto, fitopatólogo Fernando Riveros, las estrategias de control deben ser afinadas y actualizadas.

Fernando Riveros.

Fernando Riveros.

Inicialmente en Chile se relacionaba al oídio exclusivamente a la producción de uva de mesa en Copiapó. Sin embargo, hoy existe conciencia que la enfermedad puede presentarse en forma importante en toda el área de producción de uva de mesa y desarrollar severas infecciones con importantes daños económicos en determinadas temporadas.

“Cuando se compara la expresión de la enfermedad en Chile y Perú, se pueden observar similitudes y diferencias respecto de la epidemiología de la enfermedad. En ambos ambientes hemos determinado, que la severidad de la enfermedad, está muy relacionada con el modelo de crecimiento que presentan las plantas en las distintas zonas”, explica Fernando Riveros, consultor internacional de productores de uva de mesa y vinífera, especialista en el diseño y evaluación de programas de control de enfermedades de pre y poscosecha. El experto sostiene que este factor representa un aspecto clave en su manejo, sobre todo cuando el control del oidio de la vid descansa en estrategias químicas, que utilizan formulaciones que tienen acción específica contra la enfermedad y que presentan diferentes modos de acción.

Cuadro 1. Infección del testigo (2010-2016).

LA PRESIÓN DE LA ENFERMEDAD NO ES LA MISMA TODAS LAS CAMPAÑAS

En Chile el oídio ha ido evolucionando a lo largo del tiempo y se han presentado campañas donde la presión de la enfermedad ha sido muy alta, sin embargo, en otras temporadas su incidencia ha sido muy baja. Así, por ejemplo, en 2015 la enfermedad fue un problema importante a nivel nacional y que afectó a todas las variedades de uva de mesa. “Los testigos sin protección fungicida de los ensayos de control químico que se establecieron esa campaña, alcanzaron rápidamente una alta incidencia y prácticamente se “murieron” mucho antes que en otras temporadas”, asegura. Los daños fueron más generalizados. “En Chile, los daños más importantes ocurren en los racimos, no obstante, en campañas donde hemos tenido una incidencia fuerte, las infecciones se hacen visibles a nivel del follaje, algo que no es muy común”, subraya. Fue precisamente esa multiplicación de inóculo sobre las hojas la que desencadenó una presión muy alta de la enfermedad durante toda la temporada 2015, afectando a la mayoría de las variedades de uva de mesa.

FOTO 1. Abundante primera generación de cleistotecios en las bayas.

Según el especialista, en una temporada de alta presión, la infección sobre racimos puede ser observada desde la preflor. “Este fenómeno es un primer indicio de que se tratará de una temporada muy dura”, afirma Riveros. En Chile, en el 2015, los especialistas pudieron comprobar que el patógeno desarrolló dos generaciones de chasmotecios. Esta situación es muy importante, puesto que se traduce en una mayor variabilidad genética de la población del patógeno, “Este es un aspecto que puede complicar mucho las futuras estrategias de control y con el que debemos tener cuidado. La foto 1 muestra un aspecto de la abundante primera generación de cleistotecios en 2015, un hecho poco común hasta ahora. “Después de eso creíamos que no vendría nada más, pero tras el periodo de poscosecha comprobamos la formación de una nueva generación. Nuestra interpretación fue que se trataba de una gran recombinacion genética, algo que debiésemos considerar muy seriamente”, advierte el fitopatólogo.

POSIBLE RESISTENCIA A LOS FUNGICIDAS

En la campaña 2015, cuando los especialistas se enfrentaron a la enfermedad, lo hicieron desde un punto de vista integral, desde el ambiente hasta los programas de control. Solo así podían ver qué pasaba realmente con la acción de los fungicidas. “El objetivo de esto es ser lo más preciso posible para descartar o confirmar cambios en la población, especialmente aquellos cambios que pudieran estar asociados a pérdidas de sensibilidad a los fungicidas habitualmente utilizados, sobre todo, porque en Chile tenemos normalmente presencia de estructuras sexuales, lo que es motivo de sobra para que siempre estemos pensando en la posibilidad de tener resistencias a fungicidas”, explica Riveros.

Hay quienes consideran que existen algunas variedades que podrían tener un control genético de la enfermedad (cierto nivel de tolerancia). Sin embargo, en el caso de Chile, tanto en variedades más tradicionales como en las nuevas, según Riveros, no se ha demostrado la existencia de un control genético efectivo. “Debemos reconocer que hay variedades que son menos susceptibles que otras, sin embargo, en determinadas campañas, una variedad que es menos susceptible, la cambiamos de ambiente y pasa a ser tan susceptible como la más susceptible de las variedades. En función de todo esto el control de la enfermedad depende exclusivamente del control químico y con una adecuada secuencia fungicida podemos alcanzar un control cercano al 100% de la enfermedad”, explica el especialista.

En Chile debido a la interacción genotipo – ambiente, las nuevas variedades tienen una expresión de vigor mucho mayor que las variedades tradicionales. Esto significa un desarrollo constante de nuevos tejidos vegetativos aumentando su susceptibilidad a la enfermedad. El experto sostiene que algunas de estas variedades deben ser estudiadas en mayor profundidad para diseñar estrategias adecuadas a su comportamiento.

FOTOS 2, 3 y 4. Variedades tradicionales como Crimson (izquierda) y Superior (centro) son las más susceptibles a oídio. Asimismo, se ha encontrado una alta susceptibilidad en Arra 15.

“Probablemente Crimson y Superior son las variedades más susceptibles. Entre las variedades nuevas hemos visto que Arra 15 presenta una mayor susceptibilidad que Crimson y Superior. El propio obtentor de la variedad ha establecido una serie de protocolos para el manejo y control del oídio de la vid, en estos se sugiere evitar el uso de emulsiones concentradas. Esto último puede representar una seria limitación en el caso de Chile, pues una parte importante de los fungicidas con acción específica contra la enfermedad son formulados como emulsiones concentradas. Esto podría significar que nos veamos limitados a usar cierto tipo de formulaciones con menor eficacia de control”, explica Riveros.

Este es un aspecto importante para los productores que tienen esta variedad, porque hoy, si bien se busca productividad, la idea también es obtener una mejor condición de llegada y de guarda. “Aquí intervienen muchos factores, pero una parte importante de esas condiciones estarán definidas por el exitoso manejo del oídio en el campo, sobre todo por su relación con la presencia de fisuras o microfisuras en la cutícula. En este aspecto se debe llegar al embalaje con fruta sana, sin defectos en su cutícula. Esto representa uno de los principales factores para mantener una buena condición de la fruta en destino”, precisa el experto.

Cuadro 2. Susceptibilidad de los diferentes estados fenólogicos al oídio de la vid.

EL OÍDIO NO SE CURA SINO QUE SE PREVIENE

En el caso de Chile se ha definido que los estados de pre flor y floración determinan el éxito o fracaso de un programa de control. “He hecho muchos intentos de curar o detener infecciones de oídio y en general esto ha sido un fracaso. El oídio no se cura, sino que se debe prevenir”, subraya. En el pasado se hicieron muchas investigaciones, pero no fue hasta 2004 cuando los investigadores de un equipo que lideraba Riveros, descubrieron y determinaron por primera vez la presencia de estructuras de origen sexual. Antes de 2004 los programas de fungicidas utilizados en Chile podían establecer intervalos de aplicaciones de hasta catorce días. Dentro de este contexto se habían conducido muchas investigaciones con las diferentes variedades, con el objetivo de determinar y cuantificar el nivel de susceptibilidad que tiene cada estado fenológico. “Esos años definimos -en las diferentes variedades- los estados fonológicos más susceptibles y nuestros resultados indicaron que si teníamos desprotegidos los estados de pre flor y plena flor, estábamos casi liquidados”, subraya el experto.

Cuadro 3. Temperatura versus esporulación.

INCIDENCIA DEL MEDIO AMBIENTE EN EL NÚMERO DE GENERACIONES

Al ser el oídio un ‘patógeno obligado’, todos los estudios se deben realizar sobre material vivo, es decir, en hojas, discos de hojas u otra variante que permita el estudio del hongo. Cuando hemos analizado los factores ambientales, hemos determinado que la temperatura es lejos el factor más importante. “En estas investigaciones sometimos el material experimental a temperaturas constantes en laboratorio y verificamos el tiempo generacional, es decir, al número de días en el que se forman nuevas generaciones de esporas. Los resultados nos indican que a su rango de temperatura óptima (22 a 29ºC), el patógeno tiene la capacidad desarrollar una nueva generación de esporas cada 5 días. Adicionalmente a esto la diversidad genética existente en las poblaciones patógenas ha posibilitado que algunos de sus biotipos puedan sobrevivir en el laboratorio a temperaturas superiores a 30ºC, explica Riveros. “En vistas al tiempo generacional nuestras estrategias de control deben considerar tasa de crecimientos de la planta y tiempo generacional del patógeno”, sostiene el fitopatólogo.

El factor humedad también ha sido estudiado, sobre todo cuando el ambiente está cambiando. Así, por ejemplo, ha habido campañas donde en los meses de diciembre, enero y febrero se han presentado niveles de humedad relativa significativamente más altos que los de una temporada normal y este factor ha facilitado la ocurrencia de grandes infecciones. “Este fenómeno se ha relacionado a un crecimiento de la planta mucho más rápido de lo esperado y, nuestros programas de control diseñados para una temporada normal, no han sido efectivos para ese modelo de crecimiento de la planta”, precisa Riveros. En términos de radiación solar no hay mucha información, sin embargo, los datos preliminares indican que el desarrollo y multiplicación del patógeno se vería afectado por la radiación solar, especialmente, por la radiación ultravioleta

FOTO 5. Yema de la vid en receso.

FOTO 6. Chasmotecios, ascosporas viables.

DESENTRAÑANDO AL PATÓGENO

Hasta el año 2004 -en Chile- solo se había reportado la fase asexual de la enfermedad (micelio/conidias/, micelio/conidia) y la diversidad genética era bastante acotada. A pesar de que el patógeno podía desarrollar una nueva generación de esporas cada cinco días, la variabilidad genética de esas poblaciones era escasa y había un riesgo menor de resistencia a fungicidas. En este tipo de ciclo (asexual), el patógeno invernaba en las yemas esperando que la planta rompiese el receso y así reiniciar su ciclo de crecimiento. Una vez detectadas las estructuras de origen sexual se hicieron diferentes estudios. muestra la foto 5. “Hicimos muchos estudios para ver si se completaba el ciclo sexual del patógeno. en esos años, veíamos que se formaban estructuras de resistencia de origen sexual y observábamos con preocupación que eso significaba recombinaciones sucesivas de material genético, lo que nos podía complicar en manera importante nuestras estrategias de control”, explica el especialista. “En 2015 el patógeno desarrolló dos generaciones de chasmotecios y además alcanzó niveles de infección muy altos en toda el área de producción de uva de mesa. Tratamos de interpretar si esto obedecía a cambios en la estructura de la población u otro factor. El análisis de muchos programas de control nos permitió determinar que el empleo de fungicidas con modos de acción de contacto aplicados en secuencias consecutivas había sido uno de los principales factores que facilitaron la acción de la enfermedad. Por otra parte, estudios de laboratorio realizados en forma paralela, nos permitieron descartar que el deficiente control de la enfermedad estaba relacionado a pérdidas de sensibilidad a los fungicidas empleados”, continúa.

Uso de controladores biológicos

Respecto al uso de controladores biológicos, Riveros sostiene que los han evaluado, pero con diferentes resultados. “Cuando hay una presión alta de la enfermedad, los controladores biológicos ejercen un control inferior. Actualmente los controladores biológicos se utilizan después de un fungicida de acción específica, tratando de asignarles un efecto de control complementario. No creo que en condiciones de alta presión de la enfermedad se pueda descansar solamente en este tipo de fungicidas. Sería muy peligroso utilizar solamente un controlador biológico para proteger estados de alta susceptibilidad como son pre flor, floración o inicio de cuaja. Quizás lo utilizaría al final del programa de control, pero es muy pretencioso asignarle una responsabilidad muy alta a un controlador biológico”, explica.

 

Llegar a la floración con la menor cantidad de hoja infectada

En 2015, en Chile, nos dimos cuenta que la tasa de crecimiento de la planta es importante. Lo importante es fijar el objetivo de llegar sin inóculo en hoja a la floración. Nunca teníamos más de un 10% de hoja infectada, pero en 2015 tuvimos un 35%. ¿Cuál es el objetivo del programa? Llegar a la floración con la menor cantidad de hoja infectada para así tener una menor presión del inóculo.

Para tratar de interpretar el significado y confirmar o descartar la viabilidad de los chasmotecios, realizamos estudios utilizando una metodología desarrollada por la Universidad de Cornell, para esto se colectaron chasmotecios desde diferentes localidades, se llevaron al laboratorio donde fueron purificados y luego devueltos al mismo sitio donde se habían formados. “En las localidades donde hicimos este trabajo, comprobamos que las curvas que presentaban la ruptura de chasmotecios y descargas de sus ascosporas eran muy similares. En todas las localidades los chasmotecios maduraban, se abrían y descargaban sus ascosporas justo en la época de brotación. En estos trabajos de laboratorio logramos inducir artificialmente la dehisencia de los chasmotecios y mediante tinción fluorescente determinar que sobre el 70% de sus ascosporas eran viables”, explica Riveros.

“Teníamos cuatro ascas por cleistotecio y de estas un 83% eran viables. Al observar nos quedó muy claro que el patógeno podía completar exitosamente su ciclo sexual”, precisa. Estos resultados indicaron que debían conocer el potencial de resistencia que presentaban a los diferentes fungicidas que se utilizában en el control de la enfermedad.

¿Cómo podían lograrlo? Realizando estudios de sensibilidad, es decir, en condiciones del laboratorio debían recolectar poblaciones de oídio, hacer cultivos monospóricos, a partir de esporas individuales, multiplicarlas sobre discos de hoja, antes de someter el material a bio ensayos y verificar su comportamiento frente a diferentes concentraciones de fungicidas; utilizando la metodología desarrollada por la Universidad de Cornell.

Este, que es un trabajo laborioso, arrojó resultados interesantes, sobre todo para descartar una serie de hipótesis levantadas luego de las severas infecciones presentadas las temporadas 2015 y 2016. “Usamos dos ingredientes activos del grupo de los triazoles, los cuales son mayoritariamente utilizados para el control de oídio en Chile. Comparamos su comportamiento y nos encontramos con resultados preliminares con una población silvestre, es decir, material obtenido en parrones marginales que ni siquiera habían recibido azufre. En ambos casos, los resultados nos indicaron que la población mantenía un alto nivel de sensibilidad, muy similar al de la población silvestre. Estudios realizados durante la temporada 2016 exhibieron resultados muy similares para estos activos. Sin embargo, al incluir en este estudio un ingrediente activo perteneciente al grupo de las estrobilurinas se determinó un factor de resistencia mas alto que el de la población silvestre”, finaliza.