icon-category icon-close icon-closequote icon-down icon-download icon-evento icon-facebook icon-instagram icon-lang icon-linkedin icon-lupa icon-menu icon-next icon-openquote icon-paper icon-pluma icon-popular icon-prev icon-send icon-share icon-twitter icon-ultimo icon-video icon-youtube share-facebook share-gplus share-linkedin share-mail share-twitter

Enero 2019 | Agua

Cambio Climático

“Con el pie en el acelerador”

El clima está haciendo más difícil la vida de las plantas, afirma Fernando Santibáñez, ingeniero agrónomo, Dr. en bioclimatología, académico de la Universidad de Chile. Una afirmación que seguramente comparte la mayoría de los agricultores de acuerdo a lo que observan en sus campos.

Fernando Santibáñez.

La famosa animación del Dr. Ed Hawkins, donde grafica la espiral de incremento de la temperatura mundial desde 1850, muestra que ya estamos bordeando el aumento de 1,5°C. Si sobrepasamos esa línea roja, advierte Santibáñez, la Tierra quedaría con un 20% de los glaciares, modificando la hidrología en todo el orbe y poniendo en serio aprieto a la agricultura. Si alcanzamos el círculo exterior de 2°C, agrega, probablemente se produzcan cambios permanentes en el planeta, de los cuales solo podría salir al cabo de varios siglos.

EL DESIERTO AVANZA POR LA COSTA, PERO NO POR LA CORDILLERA

Sin embargo, la situación no es igual en las distintas zonas. Chile tiene una coyuntura muy particular, dada por el océano Pacífico, el cual va a contener el calentamiento en una franja de 40-60 km a partir del litoral. Allí la condición de temperaturas se mantendrá parecida a la de hoy, mientras en el valle central irán en aumento. En promedio del país, las temperaturas máximas van al alza a razón de 0,3°C por década y las mínimas a razón de 0,15°C cada 10 años. Las temperaturas medias debieran subir 2°C en este siglo, la mitad que en el resto del mundo.

Pero si las temperaturas no suben en la zona de influencia costera, el desierto sí avanza con mayor velocidad por esa franja, donde las isoyetas –líneas que unen puntos con la misma pluviosidad– se mueven 750 metros por año hacia el sur, mientras que por el interior se desplazan 250 metros. Una buena noticia es que el desierto no progresa en la cordillera: en las zonas de altura las isoyetas se mantienen estables e incluso se aprecia una tendencia al alza en la precipitación. O sea, recalca el profesor de la U. de Chile, las isoyetas van rápido por la costa, más lento por el centro y no se mueven o aumentan en las montañas de Los Andes.

Figura 1. Cambio de la temperatura global 1850-2017, adaptado de Ed Hawkins. Versión animada en http://www.climate-lab-book.ac.uk/2016/spiralling-global-temperatures/

Figura 2. Promedio anual de temperaturas máximas, Quinta Normal, Santiago.

Lo que sí se mueve en la cordillera son las isotermas –líneas que unen puntos con la misma temperatura–, que escalan 1 a 1,5 metros por año. En otras palabras, cada 365 días perdemos 1 a 1,5 m de nieve. Como la cantidad de agua caída sigue siendo la misma, razona el académico, quiere decir que hay una transferencia de agua sólida a líquida, aumentando la escorrentía invernal y disminuyendo la del verano.

–Más precipitación en la cordillera; bienvenida. Pero más precipitación líquida podría producir escurrimientos súbitos con mayor frecuencia. El país debiera ser riguroso con los estándares de seguridad, estar preparado para el peor escenario, sobre todo en relación a la población, a los asentamientos humanos. Ahora, desde el punto de vista de disponibilidad de agua en las cuencas, no debiera cambiar, pero sí en invierno llegaría mucha más agua a las zonas costeras. Podría producirse un problema de sedimentación allí y en los mismos cauces. Por lo tanto, se va a necesitar una estrategia en cuanto a la infraestructura. También tendríamos que ver la manera de recuperar esa agua. Creo en la conveniencia de hacer embalses bajos, en la costa, que detengan el agua que va al mar, darle cota y devolverla al valle para ser utilizada en riego. Esto podría incluso eliminar el conflicto entre riego y energía, porque el agua se usaría dos veces: para energía y luego para riego.

Los inviernos pierden 10 a 20 horas frío cada año y el frío se desplaza más al invierno en desmedro del otoño, lo que lo hace “menos eficiente” en el desencadenamiento de los procesos fisiológicos. Por otra parte, las temperaturas hacen crecer la acumulación de días grado a razón de 10 por año, lo que poco a poco va traduciéndose en un adelantamiento de la madurez de cosecha, del orden un tercio a medio día por año. No parece mucho, pero en 20 años la diferencia sería de 6 a 10 días.

 

¿CUÁNTA AGUA DE LOS RÍOS SE PIERDE EN EL MAR?

¿Es acertado el cálculo que hacemos sobre el agua de los ríos que va a dar al mar? Durante su presentación en Fruittrade 2018, Santibáñez contestó una interesante pregunta del público al respecto:

–Hay una escasez de estaciones de monitoreo en las desembocaduras de los ríos, ¿la información podría tener un factor de error muy grande?

–Efectivamente. Pero saquemos una cuenta, suponiendo que los caudales sobrantes de los ríos tienen un error alto. El cómputo de los caudales sobrantes actuales desde Aconcagua al Biobío, lleva a la conclusión de que Chile vierte al mar entre 10 y 11 mil millones de metros cúbicos de agua al año; y hacia el sur, mucho más. Digamos que hay un error de 30% en esa cifra de las estaciones de monitoreo, porque en las zonas de los deltas es difícil medir los caudales. Entonces los 10 mil millones se transforman en 7, poniéndonos en el caso de que el error opera a la baja, porque también podría operar hacia arriba. En el peor de los casos tendríamos 7 mil millones de m3 de agua que recuperar de la Región de Valparaíso a la de Biobío. Seamos aun más pesimistas: si fueran 6 mil millones de m3 la cifra corresponde a todo lo que utilizamos hoy en riego por año. Esa es la “cuenta del agua” de la agricultura. Las 1.100.000 hectáreas regadas ocupan esa cantidad de agua. O sea, aun considerando un error tan grande como un 30%, el volumen de agua que se va al mar es equivalente a toda el agua que ocupamos actualmente en la agricultura de riego.

LAS TRES REALIDADES HIDROLÓGICAS DE CHILE

La figura 3 grafica el “agujero” que dejaría a fines de siglo la disminución de precipitaciones en las distintas partes de nuestra geografía. Si bien en términos nominales la zona desde el Biobío al sur es donde más bajarían las lluvias, el análisis de la situación debe considerar la realidad del ciclo hidrológico.

En efecto, desde Aconcagua al norte el ciclo hidrológico se encuentra al límite de lo posible. de no cambiar los factores intervinientes, lo más probable es que se deba realizar un ajuste de la demanda.

La zona central, donde se genera el grueso del producto interno bruto agrícola, se caracteriza por un ciclo hidrológico que todavía tiene cierta tolerancia, ya que los caudales sobrantes de los ríos que llegan al mar son del orden el 80-85%; en consecuencia, la escasez hídrica podría ser enfrentada con mejoras en la gestión.

En la zona de Biobío al sur el ciclo hidrológico se halla muy poco intervenido, con un uso mínimo en relación al caudal sobrante de los ríos, que en un 90% va a dar al océano; aquí el objetivo aun consiste en desarrollar una agricultura de riego.

Hay varios análisis que proyectan las consecuencias de aumentos de la temperatura promedio sobre los cultivos. Diversos experimentos a nivel mundial han estimado que un aumento de 1°C determina un incremento en torno a un 8% en las demandas de agua y acarrea pérdidas de 10 a 15%, dependiendo de las especies.

Si sube 2°C, la demanda de agua crece un 12%, se produce un adelanto en la fecha de madurez del orden de seis semanas, la caída del rendimiento llega de un 15 a un 25%, y el estrés térmico afecta notoriamente la calidad. Hasta aquí, se trata un escenario muy probable en el presente siglo.

Si el alza llega a 3°C la demanda de agua se incrementa en 15%, la madurez se anticipa en 8 semanas, hay un posible deterioro de la fruta y pobre vida postcosecha debido al estrés térmico y viento. La caída de la producción por hectárea podría incluso dejar fuera de competitividad algunas especies si no se utiliza tecnología para enfrentar las nuevas circunstancias.

Figura 3. Variación de la precipitación anual esperada en Chile en el siglo 21.

Aluvión en Atacama.

Las isoyetas –líneas que unen puntos con la misma pluviosidad– se mueven 750 metros por año hacia el sur

La ocurrencia de eventos extremos ha impulsado el uso de sistemas de protección.

¿SERÁ 2019 EL PUNTO FINAL DE LA LARGA SEQUÍA?

En 2019 la probabilidad mayor apunta a que se tratará de un año con aguas calientes en el océano; existen algunas posibilidades de que la temperatura del agua sea normal, y casi ninguna de que enfrentemos un océano frío. O sea, explica Santibáñez, probablemente será un periodo normal o lluvioso, difícilmente seco:

–Yo espero que esto sea ya una señal del fin de nuestra larga sequía. Estadísticamente ha roto todos los récords, por consiguiente, debiéramos estar acercándonos a su término e ingresando a un ciclo un poco más húmedo. Se espera que el mar permanezca al menos casi todo el primer semestre cerca de un grado sobre lo normal, de manera que los frentes tendrían que llegar con mayor frecuencia y fuerza. El anticiclón se retira, ya no bloquea la trayectoria de estos frentes, o sea las condiciones están dadas para que llueva, al menos en otoño. Cuidado los uveros.

En su presentación “Cómo mantenemos la competitividad de la fruticultura frente a un cambio de contexto climático”, en Fruittrade a inicios de octubre de 2018, el especialista había advertido sobre una marcada posibilidad de tener lluvias y ciclos de calor-frío hasta tarde en la primavera, situación de acentuado riesgo para los productores de cereza. Ello efectivamente ocurrió, incluso con fuertes granizadas.

–Los periodos en que el mar empieza a calentarse –refiere el bioclimatólogo–, por lo general generan mucha inestabilidad climática. Comienzan a formarse corrientes en la atmósfera sobre el océano, de manera que se generan frentes súbitos, en pocos días, y avanzan hacia el continente. Esos pequeños núcleos de baja presión entran, se desestabilizan y producen chubascos. A menudo vienen precedidos por masas frías que bajan las temperaturas uno o dos días con peligro de heladas radiativas o granizo. Es muy irregular, en los días siguientes hay temperaturas sobre 30°C, viene otra masa, se vuelve a enfriar, el ciclo se reinicia. Provocan primaveras complicadas para frutales sensibles a estas inestabilidades, como los cerezos. Mientras los grandes frentes barren una extensa parte del territorio, estos “minifrentes” entran por cualquier parte y explican, por ejemplo, que Osorno y Juan Fernández tuvieran más lluvia que lo normal pues se hallaban en el corredor de varios de esos núcleos, mientras en todo el resto del país hubo un déficit en 2018.

La temperatura de las aguas sobre lo normal está haciendo nacer un “Niño” localizado hacia el hemisferio norte en el océano Pacífico. Esto aumenta el riesgo durante la temporada de huracanes, en la costa este de Estados Unidos. Incluso podría haber inundaciones en Argentina y sur de Brasil porque hay aguas muy calientes acumuladas en ese sector, comenta el experto, pero en nuestro país, en cambio, debiéramos tener un efecto moderado de El Niño, con buenos augurios para 2019.

 

¿QUÉ TIPO DE INFRAESTRUCTURA ES LA QUE DEBEMOS PRIORIZAR PARA ENFRENTAR LA ESCASEZ HÍDRICA?

–Yo creo que el futuro no está hecho de una solución –responde a la pregunta Fernando Santibáñez–. El problema no lo vamos a arreglar solo con embalses bajos, porque no siempre se pueden construir, no hay topografía para aquello. La carretera hídrica creo que es una buena opción, pero tampoco va a ser LA solución. Necesitamos múltiples instrumentos: también los microembalses, que pueden hacerse para regar desde 5 ha, pero multiplicados por miles; y los sistemas de riego de altísima eficiencia. Vamos a tener que apelar a todo en el futuro.

EL FUTURO SERÁ CADA VEZ MÁS EXIGENTE

El clima tiene mucho que decir para mantener la competitividad a futuro, dada por las variables de costos, productividad y calidad, según afirma el bioclimatólogo. Un clima más variable produce incertidumbre, y la necesidad de protección para enfrentar potenciales eventos extremos y los mayores riesgos sanitarios impulsa los costos hacia arriba. Lo anterior obliga a ajustar tecnologías de producción, ya se ha estado extendiendo el uso de techos, por ejemplo, y veremos también el avance en la incorporación de energías renovables, sistemas de cosecha de agua a microescala, cultivos múltiples para atenuar riesgos, etc. “Vamos a tener una agricultura más cara”, vaticina el especialista.

Los eventos extremos, como granizos, heladas, lluvias inoportunas, aluviones, producen pérdidas en productividad de manera cada vez más frecuente. Pero a ello se suman niveles de estrés no tan agudos que afectan el rendimiento de las plantas y la calidad u oportunidad comercial del producto, al actuar en la floración, la fructificación, el adelantamiento o retraso de la cosecha, la condición de la fruta, etc.

Cuadro 1. Ejemplos de acciones para enfrentar efectos del cambio climático.

Fernando Santibáñez sintetiza en una tabla (cuadro 1) algunos de los principales problemas asociados al clima y ejemplos de acciones para enfrentarlos.

–El futuro nos exige ser más “mateos” en términos de gestión de los sistemas de decisión y de la tecnología, manejar más información para conocer los riesgos, tener una estrategia cuando se plantea un proyecto agrícola no a 5 o 6 años, sino para los próximos 40. Todo esto va a tener que hacerse en un ambiente de cambio climático, de escasez de agua, de alza de los costos de los insumos y de escasez de mano de obra. Magna tarea para la agricultura, pero soy optimista: tenemos las capacidades en Chile.